“Nuestros padres fueron vendedores de rosas […] y
nosotros fuimos descendientes […] ellos nos enseñaron a trabajar con flores”, son
estas las palabras con las que doña Bertha Ruth Londoño, identifica el origen
de su trabajo actual, por casi más de 20
años esta mujer se ha dedicado a realizar arreglos florales siempre en Junín,
pues ella lo describe como un lugar en el que se ve de todo tipo de personas
“desde los gamines hasta los de cuello blanco”. A sus 63 años ha sido testigo
de los cambios de la ciudad de Medellín, desde su pequeño cajón de venta de
flores ha divisado lo que para ella fue lo mejor que le ha pasado a la ciudad,
refiriéndose al mejoramiento físico que tuvo su sitio de trabajo. Ahora que las
casetas son más bonitas, hacen que Bertha se sienta orgullosa de hacer parte de
uno de los atractivos turísticos principales de la ciudad, las flores. Ese orgullo es el que hace que cada mañana
cuando sube las puertas de su negocio
ella sienta que pertenece a este lugar, que hace parte de él, tanto o más que el Edifico Coltejer.
Su vida se encuentra divida entre la naturaleza de Santa
Elena, lugar donde vive y el caos y violencia que tiene la ciudad, lugar donde
trabaja. Bertha asegura que todo en Junín es bueno excepto la violencia y conflictos, ladrones y habitantes de la calle que en
ocasiones se aprovechan de un descuido de las personas para robarles: “Lo mejor
que se puede hacer con estos jóvenes que duermen en las calles es recogerlos a
todos y llevarlos a un lugar”.
Mientras tanto ella con sus flores busca endulzar
mágicamente la vida de quien por placer
u obligación compra un arreglo florar para su madre, amiga, novia o cualquier
persona que sabe apreciar entre la dura
realidad cotidiana el valor de una flor. Allí en ese rinconcito del largo y sustancioso paseo peatonal de
Junín, doña Bertha nos recuerda a la madre naturaleza; donde todos los días , cada mañana comienza
el proceso de adornar esta jungla de cemento,
de conquistar con sus arreglos a los transeúntes, propios y extranjeros
que por casualidad o rutina pasan por Junín, casi cualquier persona se deja
cautivar por la belleza de una flor, incluso personas que antes no se atrevían
a visitar el lugar debido a su infraestructura
que no era muy agradable, ahora viene orgullosas a comprar una flor, un
ramillete o solo a “chismosear”.
La experiencia más significativa con la cual doña Bertha se siente orgullosa es con el hecho de vender
flores, considera que es una parte de su
existencia que contribuye al
embellecimiento de Medellín; sus ojos se iluminan cuando habla de la flores porque
“estas son un símbolo muy bonito […] para que la gente del exterior mire que
Colombia no es tan mala como se cree, sino que Colombia si es buena” y a la vez
nos permite comprender que en ocasiones
un poco de naturaleza se destaca entre los
corazones de cemento de quienes habitamos en esta ciudad.
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