Don Carlos Antonio
García, señala justo a su derecha, una
caseta elabora de metal que hace que la suya luzca insignificante, el lugar en donde
según él, debería encontrarse en ese preciso momento pero “los de espacio
público le dan esos espacios a los familiares, ”ese espacio debería ser para mí
pero yo no soy familiar de algún espacio público”. A sus 57 años entre tantos
grandes almacenes y centros comerciales, él tiene su “chacita” de dulces donde
con una gran sonrisa en la cara disfruta los oscuros tangos en la soleada tarde
en el pasaje Junín. Con 19 años de
experiencia en su oficio, ha visto cómo ha cambiado, no para bien, este gran
centro de comercio de la ciudad, donde podríamos como consumidores y peatones
del pasaje pensar que todo está en un perfecto orden y armonía, pero que tras
la mirada de un verdadero de Junín hay una historia totalmente diferente.
Refugiándose en este lugar, hace 19 años llego don Antonio
desplazado por la violencia de su pueblo, San Carlos en Antioquia. Inició a trabajar en él, al ver el gran flujo de personas que pasaban
por este lugar y se apegó de inmediato por el recibimiento de los que se
convirtieron en sus colegas y los que hasta hoy son sus clientes: “siempre hay
mucho comercio por este lado y son muy cariñosos […] es un lugar muy sosegado
por la fiesta”
Pero no todo es “color de rosa”, la vida para don Antonio en este lugar ha sido difícil, ya que las personas
encargadas del espacio público lo han hecho sentir de alguna manera excluido. Cuenta
él que gracias a todos los años trabajando en Junín se le asignarían un lugar más cómodo para trabajar,
pero la ilusión se destruyó cuando los únicos beneficiados fueron aquellas
personas familiares de los encargados del espacio público y los vendedores de
flores. “los de espacio público son muy desorganizados, solo benefician a los
familiares, y si uno no está organizado lo echan de aquí […] que no me la daban
porque yo no vendía flores”. Así sin darse cuenta don Carlos Antonio es testigo
y protagonista de la exclusión en los espacios públicos, esa exclusión que te
afecta, te entristece y hasta te cambia la vida, como a él que perdió la
oportunidad de tener un mejor establecimiento donde vender.
Junín al igual que nuestro
protagonista ha cambiado con el tiempo, quizás nosotros los peatones pensamos que el lugar está
más organizado, que a los vendedores se les ha dado un gran beneficio por el posicionamiento
actual pero frente a este tema don Antonio cree que era mucho mejor el lugar en
el pasado: “el piso era más bonito, embaldosado y organizado, esto ahora está
todo feo todo roñoso, tenemos que sacar el agua de las cañadas, por eso cuando
llueve esto se queda solo”. Quizás el Estado se ha preocupado sólo por
“embellecer” las calles y no por mantener un lugar cómodo, creado para todo
tipo de ambientes donde las personas puedan hacer su labor tanto como trabajadores,
consumidores y habitantes del lugar. De
esta manera entre charla y charla se toca un tema que demuestra una problemática
muy importante en toda la ciudad de Medellín: los habitantes de la calle o para
don Antonio “los gamines rateros”. La cantidad de habitantes de la calle que
frecuentan este lugar es alta, lo que hace que los vendedores tengan que estar
muy pendientes de quienes se acercan a su mercancía.
Vale la pena rescatar una anécdota que nos recuerda otro
problema que se vive no solo en Junín, sino quizás en toda nuestra ciudad : “ …
en el 2005 una señora se hizo pasar por la administradora de esto por aquí y empezó
a cobrar vacunitas y a mí eso no me gusta porque darle esas ligas a gente de la
calle es como alimentar la delincuencia, entonces yo le puse una denuncia a la
señora, porque ella va detrás de mí, yo ya voy a cumplir aquí 20 años el 30 de
julio”; esta es la manera como don Antonio, demuestra la honradez
permitiéndonos evidenciar la presencia de personas que se quieren aprovecharse de las personas que de verdad se sudan el
trabajo , de personas que a pesar de su
dura vida, su casi nula formación académica y el vivir en una ciudad a la
fuerza, son seres cultos, respetuosos, responsables y de un gran corazón.
Es lo que tenemos
que aprender día a día de personas como don Antonio, quien como vendedor de dulces, demuestra las
luchas constantes y marcas en su vida que le ha dejado el paseo peatonal de
Junín.
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